El 1 de septiembre, la recientemente elegida presidenta de extrema derecha de Perú, Keiko Fujimori, rompió relaciones diplomáticas con la República Islámica de Irán. Esta acción constituye la expresión más abierta hasta la fecha de la subordinación de su gobierno a la rapaz política exterior del imperialismo estadounidense.
El vergonzoso acto contra un país sometido a incesantes bombardeos por la potencia militar más poderosa del planeta se produjo apenas un día después de que Estados Unidos anunciara el robo del siglo: Washington había asegurado el “control mayoritario estadounidense de más de 65.000 millones de barriles de reservas probadas de petróleo en Venezuela”.
Esta cifra equivale a una quinta parte de las reservas de Venezuela, las mayores del mundo. Sin embargo, Washington está, de hecho, imponiendo su control sobre la industria petrolera del país en su conjunto. El acuerdo fue negociado directamente a punta de cañón por Marco Rubio, el principal operador de Trump en América Latina, con la presidenta interina de Venezuela, Delcy Rodríguez, sin siquiera consultar a los ejecutivos de la empresa petrolera estatal Petróleos de Venezuela (PDVSA), mucho menos al poder legislativo o al pueblo venezolano.
El sometimiento de Venezuela y su transformación en una semicolonia del imperialismo estadounidense, cuyos recursos pueden ser utilizados para apoyar el militarismo global de EE. UU., seguido inmediatamente por la ruptura de relaciones diplomáticas de Perú con Teherán, son claras indicaciones de la globalización del conflicto.
La guerra en Oriente Medio está cada vez más entrelazada con la lucha imperialista por mercados, recursos y dominio estratégico a escala mundial, arrastrando a Sudamérica cada vez más directamente hacia una confrontación global en expansión.
Citando fuentes oficiales del gobierno, la agencia de noticias RPP informó el 1 de septiembre que “Perú ha venido observando con creciente consternación el deterioro de la democracia en Irán, denunciado por diferentes mecanismos de las Naciones Unidas”.
RPP también señaló la preocupación del Ministerio de Relaciones Exteriores por las restricciones impuestas por Irán, incluida “la perturbación del comercio internacional” a través del estrecho de Ormuz desde marzo de 2026. Según la Cancillería, estas medidas violan principios como “la libertad de navegación y el derecho de paso por los estrechos utilizados” para el tránsito marítimo internacional.
El gobierno peruano también denunció “la represión de manifestaciones pacíficas, las restricciones a la libertad de prensa, la discriminación contra las mujeres y las niñas, así como la persecución de opositores políticos” en Irán.
“En un comunicado oficial”, informó RPP, “la Cancillería señaló que la medida responde al ‘firme compromiso con la defensa de la democracia’, considerada un ‘principio fundamental’ de la política exterior peruana”.
La invocación de la “democracia” por parte del gobierno de Fujimori, junto con su supuesta preocupación por las “manifestaciones pacíficas” y los opositores políticos, es profundamente cínica. Desde que asumió el poder, ha demostrado su disposición a recurrir a “estados de emergencia” y al despliegue de las Fuerzas Armadas en las calles para enfrentar la creciente oposición social.
La preocupación de Lima por la interrupción del tráfico petrolero a través del estrecho de Ormuz también tiene una motivación económica inmediata. Semanas antes, el presidente del Banco Central de Reserva del Perú (BCRP), Julio Velarde, había expresado su preocupación porque el aumento de los precios del diésel y la gasolina era más pronunciado en Perú que en otros países. Las presiones inflacionarias resultantes, particularmente sobre los alimentos, afectan directamente a más del 60 por ciento de la población cuyos ingresos están por debajo del costo de una canasta familiar para una familia de cuatro personas.
La decisión de Fujimori de alinear más estrechamente a Perú con Washington se produce inmediatamente después de la toma por parte de Estados Unidos de una importante porción de las vastas reservas petroleras de Venezuela. Al demostrar su utilidad para Washington precisamente en este momento, Fujimori también está posicionando a su gobierno para buscar acceso preferencial al petróleo venezolano u otras concesiones económicas que podrían ayudar a contener el impacto interno del vertiginoso aumento de los precios de la energía.
Pero la ruptura de relaciones con Irán va mucho más allá de los precios del petróleo. Fujimori está utilizando la crisis para congraciarse con Donald Trump y demostrar que su gobierno puede servir como un aliado confiable de Washington en Sudamérica.
En este terreno, compite con el presidente argentino Javier Milei, el aliado más estridente de Trump en el continente y el único presidente sudamericano que ha ofrecido asistencia directa a Estados Unidos para su guerra contra Irán. Fervientemente proestadounidense, proisraelí y antiiraní, Milei destacó recientemente que Argentina había designado a la Guardia Revolucionaria de Irán y a la Fuerza Quds como organizaciones terroristas y había “expulsado al encargado de negocios del régimen iraní”.
Muy de cerca le sigue el nuevo presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella, quien ha llevado a cabo un giro estratégico explícito hacia Washington e Israel, incluida la incorporación de Colombia a la arquitectura de seguridad encabezada por Estados Unidos y el reconocimiento de la soberanía israelí sobre los Altos del Golán.
El presidente chileno José Antonio Kast también respaldó el ataque estadounidense-israelí contra Irán. “Chile siempre debe ser aliado de las naciones que promueven la libertad y la democracia”, declaró.
Ecuador y Bolivia han pedido una solución diplomática al conflicto, pero ninguno de los dos gobiernos ha desafiado abiertamente la ofensiva estadounidense contra Irán.
En Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, quien encabeza uno de los pocos gobiernos sobrevivientes de la “Marea Rosa” en América Latina, es el favorito para quedar primero en la primera vuelta de las elecciones presidenciales del 4 de octubre. Ha hecho llamados limitados a una solución diplomática en Oriente Medio. Sin embargo, las elecciones podrían desembocar en una segunda vuelta entre Lula y Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro y el candidato favorecido por Trump.
Durante la campaña presidencial, Flávio Bolsonaro ha atacado la posición de Lula sobre Irán calificándola de inaceptable y ha abogado por un alineamiento incondicional con Washington e Israel.
La clase dominante latinoamericana se alinea con la ofensiva bélica de EE. UU.
Mientras los países europeos de la OTAN y Canadá elevan sus presupuestos militares hacia el 5 por ciento del PIB, importantes sectores de las clases dominantes sudamericanas dejan cada vez más clara su disposición a sumarse a la expansión global de la guerra.
Los llamados a “defender la democracia” y las acusaciones de que Irán promueve la violencia ocultan relaciones mucho más fundamentales: la histórica dependencia económica, política y militar de la burguesía latinoamericana respecto del imperialismo estadounidense. Durante más de un siglo, Washington ha considerado a América Latina su esfera de influencia y ha recurrido repetidamente a intervenciones militares, golpes de Estado, dictaduras y sanciones económicas para defender sus intereses.
Este año deja particularmente claro que la guerra de la OTAN contra Rusia en Ucrania, el genocidio en Gaza y la guerra estadounidense-israelí contra Irán no son conflictos aislados. Forman parte del derrumbe del orden mundial establecido después de la Segunda Guerra Mundial y de una lucha cada vez más abierta por mercados, materias primas, rutas comerciales y posiciones geoestratégicas.
En el centro de este proceso se encuentra la creciente confrontación entre Estados Unidos y China. La enorme y cada vez más insostenible deuda pública estadounidense, que supera los 40 billones de dólares, junto con las crecientes amenazas a la posición del dólar como principal moneda internacional, están impulsando los esfuerzos de Washington por contener a China, una potencia económica emergente que ya rivaliza con Estados Unidos en importantes campos de la tecnología, la industria y la ciencia.
Es precisamente esta confrontación la que coloca a Perú en el centro de intereses estratégicos globales contrapuestos. El megapuerto de Chancay, construido con una decisiva participación de capital chino, está concebido como un importante punto de conexión comercial entre Sudamérica y Asia. Potencialmente vinculado a corredores terrestres transcontinentales, podría reducir considerablemente los tiempos y costos de transporte entre los principales centros productivos de Sudamérica y China.
Por esta razón, Chancay se ha convertido en uno de los principales puntos de fricción entre Washington y Beijing en Sudamérica.
Representantes del imperialismo estadounidense, entre ellos Marco Rubio, Pete Hegseth y J.D. Vance, han advertido repetidamente a los gobiernos latinoamericanos contra la creciente presencia china, acusando a Beijing de prácticas comerciales desleales, corrupción, espionaje y del uso de infraestructura estratégica con fines políticos y potencialmente militares. En el caso de Chancay, sectores del establishment político y militar estadounidense incluso han planteado el peligro de que el puerto pueda adquirir un carácter de doble uso y eventualmente servir a la marina china.
Las acusaciones de Washington sobre la amenaza china a las cadenas internacionales de suministro son particularmente hipócritas. Es la política arancelaria de Trump, junto con el creciente uso de sanciones económicas y controles comerciales, la que está fracturando deliberadamente las cadenas globales de producción y comercio.
Tampoco existe fundamento histórico alguno para presentar a Estados Unidos como defensor de la soberanía latinoamericana frente a una supuesta agresión extranjera. Durante casi dos siglos, la principal potencia militar intervencionista en América Latina ha sido Estados Unidos. En la guerra mexicano-estadounidense de 1846–48, Washington arrebató a México un inmenso territorio que hoy comprende California, Nevada y Utah, así como partes de Arizona, Nuevo México, Colorado y Wyoming. A esto siguieron innumerables intervenciones militares y golpes de Estado respaldados por Washington en toda América Latina y el Caribe.
La subordinación de Fujimori a Washington también tiene profundas raíces en la crisis interna de su gobierno. Desde que asumió la presidencia, los asesinatos vinculados a la extorsión han continuado fuera de control, la delincuencia se ha convertido en una creciente fuente de descontento y el aumento de los precios de los combustibles y los alimentos ha provocado conflictos sociales. Al mismo tiempo, Fujimori está teniendo dificultades para imponer su voluntad al nuevo Congreso bicameral.
A diferencia del período 2016–2026, cuando ejerció una influencia considerable sobre el Congreso a través de Fuerza Popular y de sus conexiones políticas establecidas durante largo tiempo, la legislatura recién elegida está compuesta en gran medida por caras nuevas, muchas de ellas políticamente desconocidas para ella y fuera de su control directo. Su proyecto de gobernar mediante “estados de emergencia” y ampliar el papel de las Fuerzas Armadas enfrenta, por lo tanto, importantes obstáculos también dentro del propio Congreso.
Fujimori busca, por lo tanto, el respaldo de Estados Unidos no solo contra China y en materia de política exterior, sino también como apoyo para un gobierno que se prepara para enfrentar una creciente oposición social dentro del propio Perú. El uso de las Fuerzas Armadas como instrumento de control interno y el alineamiento de Perú con la ofensiva estadounidense en el exterior son dos aspectos del mismo proceso.
La ruptura de relaciones con Irán debe entenderse en este contexto. No es ni una decisión diplomática aislada ni una preocupación repentina de Fujimori por la democracia iraní. Es una declaración política dirigida principalmente a Washington: frente a la creciente confrontación entre Estados Unidos y China y la expansión de la guerra en Oriente Medio, el gobierno peruano está ofreciendo sus servicios al imperialismo estadounidense.
(Artículo publicado originalmente en inglés el 6 de septiembre de 2026)
